Introducción

Prototipar o el arte de escuchar

Lo razonable es que queramos cambiar el mundo y que nunca dejemos de estar incómodos con las asimetrías y desigualdades que experimentamos. Y no es necesario que seamos nosotros las víctimas para que rechacemos el actual estado de cosas. También es fácil de entender que queramos hacer las cosas con otros y que no nos resignemos al imperativo de la competición. Lo normal es que prefiramos un mundo donde impere la cooperación frente a la rivalidad. Y lo novedoso es que, en vez de estar reclamando de los que (nos) mandan que arreglen los problemas, decidamos juntarnos con más gente que disfrute aprendiendo, cacharreando y compartiendo saberes y habilidades. Y poco más. Ahora queda encontrar un espacio para reunirse y comenzar a trabajar juntos. Tenemos un problema, tenemos conocimientos y tenemos ganas. Basta con comenzar a diseñar una aproximación inicial, un esbozo del abordaje que nos parezca más adecuado.

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Hay que resistir la tentación de querer correr mucho. La ideología dominante insiste en mostrarnos el mundo como una constelación de problemas que aguardan una solución. Y con frecuencia los emprendedores, seducidos por la idea del éxito, se conforman con propuestas que sólo son una solución simple para problemas complejos o, peor aún, para problemas que nadie tiene. Esta actitud insensible y abusiva ya tiene un nombre: solucionismo. Prototipar no es tanto encontrar soluciones como asegurarse de que se comprenden bien los problemas o, en otros términos, de que hemos sido lo bastante críticos como para explorar las consecuencias de nuestros diseños y para asegurarnos de que hemos tomado en cuenta (casi) todos los puntos de vista posibles. Prototipar es otra forma de escuchar. Consiste en asegurar diseños inclusivos que no aumenten el dolor en el mundo. Y eso reclama desarrollar claras habilidades de escucha.

Para escuchar hay que poner atención. Pero también hay que asegurarse de que en el diseño está presente la diversidad. Hay que suprimir las barreras que impiden la presencia de los no expertos, o de quienes han acuñado en su vida otro tipo de saberes no acreditados, pero que si están basados en la experiencia. Hay que hacer esfuerzos cotidianos para garantizar la pluralidad y promover espacios sin muros, espacios que protejan el libre intercambio y contraste de ideas y prácticas. Se dice pronto, pero no es fácil. Tenemos demasiada prisa y poca paciencia para escuchar a quien llega de otros mundos y cuyo argumentar suele parecernos confuso, inconsistente o caprichoso. Tenemos poca paciencia, y también poco tiempo. El tiempo se ha convertido en un bien escaso que podemos hacer abundante si cooperamos, si sumamos nuestras inteligencias.

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Organizarnos en otro tipo de estructuras

Muchos pocos pueden producir el milagro de la abundancia. Hay que saber recolectar esas contribuciones esporádicas, intermitentes, minúsculas, creando estructuras organizativas que sean frágiles y en las que sea fácil entrar o salir, que renuncien a las prácticas de lo identitario, que apuesten por lo extitucional y que estén dispuestas a hacer muy porosas las fronteras entre el dentro y el fuera. Si así ocurre, si aceptamos que estas nuevas formas de institucionalidad emergente son una gran innovación social, estaremos más cerca de la construcción de un lugar de encuentro que promueva la producción de prototipos abiertos, frugales y afectivos.

Nosotros nos imaginamos el prototipo como un pachtwork y, más que construido como el despliegue de una secuencia de pasos a seguir, como ocurre con las recetas de cocina, nos lo imaginamos como una partitura que hay que componer e interpretar con todos su ingredientes simultáneamente en acción. El pachtwork se hace con retales cosidos e implica un trabajo manual, frecuentemente colectivo, y una muy alta implicación del cuerpo. Como ocurre en la música, cada intérprete tiene su estilo, su sesgo, su impronta y aunque la partitura siempre sea la misma, la música nunca suena igual. Un prototipo también es una producción con una muy alta implicación de las emociones personales, las habilidades corporales y el trabajo afectivo. Hacer un prototipo es una actividad de alto riesgo. Hay que tener cuidado, porque te puede cambiar la vida. Un prototipo nos hace mejores personas.

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